La Liturgia de este domingo se centra de modo particular en la paz como un gran bien para el alma y para la sociedad. En la Primera lectura, el Profeta Isaías anuncia que la era del Mesías se caracterizará por la abundancia de este don divino; será como un torrente de paz en crecida, resumen de todos los bienes: el gozo, la alegría, el consuelo, la prosperidad prometida por Dios a la Jerusalén restaurada tras el destierro de Babilonia.
Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo. Isaías se refiere al Mesías, portador de esa paz que es, a un mismo tiempo, gracia y salvación eterna para cada uno y para todo el pueblo de Dios. La nueva Jerusalén es imagen de la Iglesia y de todos nosotros. El Evangelio de la Misa relata el envío de los discípulos anunciando la llegada del Reino de Dios. A su paso se repiten los milagros: ciegos que recuperan la vista, leprosos que quedan limpios, pecadores que se mueven a penitencia, y por todas partes van llevando la paz de Cristo. El mismo Señor, antes de partir para esta misión apostólica, les había encargado: “Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si hay allí gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz... Este mensaje lo repetirá la Iglesia hasta el fin de los tiempos”.
Después de tantos años vemos, sin embargo, que el mundo no está en paz; la ansía y clama por ella, pero no la encuentra. Tanto el Papa como algunos de los líderes del mundo dijeron que nos encontramos a la puerta de un conflicto bélico mundial. Rusia invade, Ucrania se defiende y alrededor de esos países el vilo y temor del conflicto está más que presente.
Hay necesidad urgente de Paz. En pocas ocasiones se ha nombrado tanto la palabra paz, y quizá pocas veces la paz ha estado más lejos del mundo. Incluso “dentro de cada país, y en no pocas naciones, el estado habitual tampoco tiene nada que ver con la paz. No que haya guerra, lo que generalmente se entiende por guerra, pero sí falta de paz. Lucha de razas, lucha de clases, lucha entre ideologías, lucha de partidos. Terrorismo, guerrillas, secuestros, atentados, inseguridad, motines, conflictos, violencia. Odios, resentimientos, acusaciones, recriminaciones”. Paz, paz, dicen. Y no hay paz. No hay paz en la sociedad, en las familias, ni en las almas.
¿Qué ocurre para que no haya paz? ¿Por qué tanta crispación y tanta violencia, por qué tanta inquietud y tristeza en las almas, si todos desean la paz? Quizá nuestra Argentina, nuestras ciudades, lugares de trabajo, el mundo entero esté buscando la paz donde no la puede encontrar; quizá se la confunde con la tranquilidad, es posible que se haga depender de circunstancias externas y ajenas al hombre mismo.
La paz viene de Dios y es un don divino que sobrepuja todo entendimiento, y se otorga sólo a los hombres de buena voluntad, a quienes procuran con todas sus fuerzas acomodar su vida al querer divino. La paz, que lleva consigo la alegría, el mundo no puede darla. Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa... No se trata de un simple saludo, es la paz de Cristo que han de llevar sus discípulos a todos los caminos.
Diremos a todos que la verdadera paz “se funda en la justicia, en el sentido de la dignidad inviolable del hombre, en el reconocimiento de una igualdad indeleble y deseable entre los hombres, en el principio básico de la fraternidad humana, es decir, en el respeto y amor debido a cada hombre”.
La paz del mundo comienza en el corazón de cada hombre.